Fundamentos de la riqueza VIII
La superestructura del mercado: el estado como servicio
Ya hemos visto, cuando nos planteamos la creación de un
mercado, cómo su creación era imposible sin crear antes una entidad emisora de
moneda con autoridad sobre la totalidad de participantes del mercado.
Un segundo elemento de superestructura sería la entidad
bancaria (el prestamista individual hace exactamente la misma función), que
sería la encargada de hacer los prestamos iniciales, de realizar las
evaluaciones previas y de recuperar en tiempo el dinero prestado.
Es decir, que para poder poner en marcha nuestro marcado
hemos tenido que crear previamente una autoridad con, al menos, estas dos
atribuciones globales.
Pero pronto nuestros participantes irán descubriendo que
necesitan crear nuevas atribuciones que deberán ser acatadas por todos los
participantes. Las primeras serán la Ley y el Orden. Y, a continuación, vendrá
la Justicia.
Harán falta leyes, como las que ya mencionamos sobre la
moneda, su composición la prohibición de alterarla. Sobre las pesas, sobre la
obligación de devolver los créditos… Y habrá que organizar un servicio de
orden, una policía, para vigilar que se cumplan las leyes, de que no haya
ladrones, de que haya orden en el mercado… Y a continuación vendrán las situaciones
confusas y las discusiones sobre el cumplimiento de los acuerdos, las zonas
grises, ya habrá que establecer un mecanismo que dirima los conflictos y ya
tenemos a la justicia.
Pero rápidamente vendrán más. Habrá que organizar
estructuras para el mercado, sitios donde cobijar los animales, vías de
comunicación abiertas para llegar al mercado… En cuanto pongamos en marcha el
mercado, inevitablemente, tendremos que crear una autoridad que se ocupe de
mantener el entorno en el cual es posible dicho mercado.
Pero esta Autoridad tiene unas características especiales
que no tienen el resto de los participantes del mercado:
-
Algunas de sus funciones son, por su propia
naturaleza, exclusivas. No puede haber varias autoridades monetarias, como no
puede haber varias autoridades legislativas o judiciales, porque el mercado no
funcionaría. No es posible que, en caso de un litigio, cada uno de los
individuos enfrentados decida elegir su propio juez amigo, con lo que
desaparecería la función básica de la justicia que es la capacidad de imponer
una solución.
-
Sus funciones son coercitivas, es decir, de
obligado acatamiento por todos los intervinientes en el mercado, como no puede
ser de otra forma.
Lógicamente, el ejercicio de estas funciones de la Autoridad
conlleva un costo material, en bienes y servicios, cuyo valor deberán proveer, obviamente,
entre todos los participantes en el mercado.
Pero aquí aparece el gran problema de la existencia de la
Autoridad. Puesto que sus funciones son exclusivas y coercitivas, el valor de
la riqueza que aporta no se fija de mutuo acuerdo entre las partes, sino de
forma unilateral por parte de dicha Autoridad. Y es esa doble capacidad, la de
definir servicios de obligada compra y fijar su precio arbitrariamente, lo que
origina su mayor disfuncionalidad.
Para visualizarlo mejor, volvamos a calcular nuestro PIB,
teniendo en cuenta ahora el valor de la riqueza aportada por la Autoridad, a la
que llamaremos, por simplificar, por su forma generalizada actualmente: el
estado.
Puesto que el PIB es la suma del valor de los bienes y
servicios intercambiados, tendremos que incluir en él el valor de los
intercambios con el estado. Pero, mientras que en el mercado el valor
representa una riqueza establecida de común acuerdo entre las partes, en el caso
del estado no es así, por lo que la relación entre valor y riqueza se rompe.
Veamos un ejemplo
Supongamos que el estado, en aras de una mejor comprensión
del funcionamiento del mercado por parte de los intervinientes y para formación
de las generaciones futuras de individuos, decide construir un museo del
mercado. Antiguas leyes, fotos, etc. Evidentemente, el funcionamiento de este
museo tiene un costo anual en instalaciones, personal, infraestructura,
adquisiciones, etc., costo que irá a incrementar nuestro PIB.
No habría ningún problema si el museo fuese un servicio
ofrecido de forma privada. El museo cobraría una entrada a los visitantes y con
esos ingresos haría frente a sus gastos. Si sus ingresos fueran menores debería
hacer frente a reducciones de gasto sea con menos personal, abriendo menos
días, con reducciones de horario o cerrando.
Pero, al ser del estado, el museo puede seguir abierto,
aunque no haya ningún visitante interesado en verlo y, menos aún, en dar valor
al servicio mediante el pago de una entrada. Por lo tanto, nos encontramos con
un aumento del PIB que no se corresponde con un intercambio de riqueza o, lo
que es lo mismo, estamos falseando el PIB al alza.
Aportación del estado al PIB
Dada la peculiaridad del estado de poder fijar valor
unilateralmente a sus servicios y recabar ese valor por la fuerza, al final nos
encontraremos con que la aportación de valor del estado puede ser de varios
tipos:
Servicios inherentes al estado
Son aquellos que el estado debe suministrar necesariamente
para que el intercambio de bienes y servicios entre individuos funcione. Ya
hemos visto algunos: la moneda, la justicia, el orden, la ley y algunos más. De
hecho, cuando un estado no provee esos servicios mínimos hablamos de un estado
fallido.
Servicios universales esenciales
Son servicios que, sin ser inherentes al estado, este
considera que deben estar disponibles para todos los individuos de nuestro
mercado, por lo que los impone al conjunto, fija un precio a esos servicios y
lo recauda coercitivamente. Puede ser la sanidad, la educación, las
comunicaciones, etc.
Al suministrar estos servicios está realizando un
intercambio de riqueza que los individuos, al menos una mayoría, querrían
comprar, en cualquier caso, por lo que hay un intercambio de riqueza en valor.
El problema es cómo se cuantifica ese valor ya que, al fijarse unilateral y
arbitrariamente, tiende a elevarse y, en consecuencia, a elevar el PIB
artificialmente.
Servicios y bienes no esenciales
Algunas veces, por razones varias, el estado decide prestar
una serie de servicios no esenciales, como museos, paradores, teatros, viajes y
un largo etc. O adquirir bienes por los que nadie pagaría el valor atribuido
por el estado. Basta pensar, por ejemplo, la cantidad de “obras de arte”
adquiridas por los museos y el precio que pagan por ello, o las subvenciones y
ayudas de todo tipo que se dan a todo tipo de actividades. El problema es que,
al hacerlo, está asignando un valor arbitrario a bienes y servicios que, de
poder ser negociados libremente, tendrían normalmente un valor menor o incluso
nulo.
Vemos por lo tanto que, una vez que el estado interviene en
el mercado, el PIB deja de ser un indicador válido, más irreal cuanto mayor es
el porcentaje de riqueza aportado por el estado.
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