Fundamentos de la riqueza VI 

El problema de la fijación de valor

Nos encontramos con que nuestra autoridad monetaria ya ha definido una serie de monedas, de distintos valores y establecido el modo de cambio. También el diseño de cada moneda, los materiales que las componen, cómo evitar falsificaciones, etc. A continuación, se dispone a fabricar las monedas, pero aparece una cuestión crucial: ¿Cuánta moneda hay que fabricar? ¿mil unidades, un millón, cien millones? ¿Qué valor se asigna a cada moneda, es decir, a qué riqueza equivale una moneda?

Una forma de enfrentar el problema sería asignar la unidad mínima de moneda a la unidad mínima de bien intercambiable (por ejemplo, a una manzana se le asignaría un valor de uno) y, a partir de ahí, se iría asignando valores relativos a los bienes más frecuentes en la economía. Digamos que una gallina valdría como cien manzanas, una vaca como cien gallinas y así. Esta tabla no tendría por qué ser exhaustiva ni, por supuesto, estaría fijando el valor de las cosas que, como hemos visto, solo puede ser fijado durante el intercambio.

Una vez que tuviéramos esa tabla para los principales bienes, podríamos hacer una evaluación aproximada del conjunto de bienes disponibles entre todos los individuos con posibilidad de intervenir en el mercado y asignar, mediante la tabla anterior, un valor a ese conjunto. De esta forma tendríamos una estimación de la cantidad de moneda a emitir, que debería reflejar aproximadamente el valor estimado de todos los bienes disponibles para intercambio.

Bien, ya tenemos una moneda definida, una cantidad de moneda fabricada, y una tabla orientativa de valor de ciertos bienes. Sin embargo, nuestro mercado sigue sin poder funcionar, puesto que nuestros individuos aún no disponen de monedas. Luego el siguiente problema a resolver es: ¿cómo hacer llegar esas monedas a las manos de los individuos que deben utilizarlas?

Una primera idea podría ser que la autoridad monetaria adquiriese los bienes a cambio de dinero según la tabla inicial utilizada para valorar la riqueza del conjunto. Sin embargo, ese sería un gran error, ya que estaría asignando un valor a los bienes, cosa que no es su función. Un ejemplo:  supongamos que un individuo quiere convertir una vaca en dinero. La autoridad, aplicando su tabla de valor, le entrega al individuo mil unidades de moneda y se queda con la vaca. ¿Qué hace ahora con la vaca? Entendiendo que es un elemento puramente funcional, sin ánimo de lucro, intentará vender la vaca a otro individuo por la misma cantidad. Pero ¿y si nadie quiere la vaca por esa cantidad? Mientras encuentra un nuevo comprador deberá cuidar de la vaca, alimentarla, curarla si enferma… Pero ¿puede hacerlo? ¿Está capacitado? Evidentemente no y evidentemente esta ha sido una mala idea.

La solución más lógica es que nuestro individuo pida a la autoridad un dinero que se compromete a devolver en un tiempo dado, respaldando su solvencia con el hecho de tener la vaca. Así, cada uno de nuestros individuos, acudirá a nuestra autoridad monetaria solicitando un dinero en préstamo que respaldará con sus bienes como garantía.

De esta forma, el conjunto de nuestros individuos se encontrará en esta situación: sigue teniendo sus bienes disponibles para vender, dispone de dinero para adquirir los bienes de otros y tiene una deuda por el dinero prestado que tiene que devolver a la autoridad monetaria.

Y ahora sí que puede empezar nuestro mercado.

Podríamos poner la objeción de que nuestro sistema no es igualitario, y consolida una situación de desigualdad que existía previamente, en su mayor parte por puro capricho de la naturaleza. ¿Podríamos hacer las cosas de otra forma, en este momento fundacional del mercado, para enmendar esta situación y buscar un mundo más igualitario?

Supongamos que el plan de introducción de la moneda consistiera en, a diferencia del anterior, conceder a cada uno de nuestros individuos un crédito por la misma cantidad de dinero para todos, independiente de su riqueza disponible.

Para simplificar el problema, imaginemos nuestro mercado con solo dos participantes, uno que posee dos vacas y otro que no posee nada. Ambos se juntan y estiman razonable que el valor de una vaca sea la mitad del dinero disponible, por lo que realizan la operación. Ahora el primero se encontrará con una vaca y una vez y media el dinero original, mientras que el otro se encontrará con una vaca y la mitad del dinero inicial, lo que parece razonable e igualitario a primera vista. Ahora veamos qué sucede a continuación.

Nuestro inicialmente rico individuo puede devolver el préstamo inicial, tiene una vaca y dispone de la mitad del dinero para intercambiar por otros bienes. Pero ¿qué bienes? No hay más bienes disponibles en el mercado, luego su dinero ha pasado a no valer nada, ya que no vale para nada.

En cuanto a nuestro inicialmente pobre individuo, tiene una vaca y solamente la mitad del dinero inicial. Pero, llegado el momento de devolver su préstamo, solo podrá devolver la mitad. ¿Qué hará entonces nuestro emisor de moneda? ¿Quitarle media vaca? ¿Y qué va a hacer con media vaca? La única solución será asumir como pérdidas la mitad del dinero.

Ahora supongamos que otros dos nuevos individuos deciden incorporarse al mercado y cada uno solicita su préstamo inicial. Evidentemente, la autoridad tiene dos opciones: prestar a cada uno solo las tres cuartas partes de la cantidad recibida por los dos primeros o emitir nueva moneda para suplir la mitad desaparecida.

En el primer caso, el aparente acto de justicia inicial se ha convertido en una injusticia para los siguientes, con efectos crecientes a medida que se vayan incorporando nuevos solicitantes. En el segundo caso, la cantidad de moneda en circulación crecerá continuamente, disminuyendo su valor constantemente.

Este malfuncionamiento ha sucedido por confundir riqueza y valor. El valor, la moneda, debe estar respaldado con riqueza, como sucedía en nuestro primer sistema de reparto, para que el mercado funcione sin aberraciones y pueda cumplir su función.

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